La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias El salón, como ya sabe usted, era una maravilla. Marguerite nos acompañó un poco, luego llamó a Gaston y pasó con él al comedor para ver si la cena estaba lista.
—¡Vaya! —dijo Prudence en voz bien alta, mirando hacia un estante y cogiendo una figura de porcelana de Sajonia—. ¡No sabÃa yo que tenÃa usted aquà este hombrecito!
—¿Cuál?
—Un pastorcillo que tiene una jaula con un pájaro.
—Lléveselo, si le gusta.
—Ah, pero no quisiera que se quedara sin él.
—Iba a dárselo a mi doncella; me parece horroroso; pero, si le gusta, lléveselo.
Prudence no vio más que el regalo y no cómo se lo habÃan hecho. Apartó el hombrecillo y me llevó al cuarto de aseo, donde, enseñándome dos miniaturas a juego, me dijo:
—Ahà tiene al conde de G…, que estuvo muy enamorado de Marguerite; fue él quien la lanzó. ¿Lo conoce usted?
—No. ¿Y ésta? —pregunté, señalando la otra miniatura.
—Es el vizcondecito de L… Se vio obligado a marcharse.
—¿Por qué?