La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—Porque estaba casi arruinado. ¡Ese sí que quería a Marguerite!

—Y ella también lo querría mucho sin duda.

—Con una chica tan rara como ésta una no sabe nunca a qué atenerse. La noche del día en que él se fue, ella estaba en el teatro, como de costumbre, y sin embargo había llorado en el momento de la despedida.

En aquel momento apareció Nanine anunciándonos que la cena estaba servida.

Cuando entramos en el comedor, Marguerite estaba apoyada contra la pared, y Gaston, que la tenía cogida de las manos, estaba hablándole en voz baja.

—Está usted loco —le respondía Marguerite—. Sabe usted de sobra que no me interesa. A una mujer como yo nadie le pide ser su amante al cabo de dos años de conocerla. Nosotras nos entregamos enseguida o nunca. Vamos, señores, a la mesa.

Y, liberándose de las manos de Gaston, nos hizo sentar a él a su derecha, a mí a su izquierda, y luego dijo a Nanine:

—Antes de sentarte, ve a decir en la cocina que si llaman no abran.

Tal orden se daba a la una de la mañana.


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