La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Reímos, bebimos y comimos mucho en aquella cena. Al cabo de unos instantes la alegría había descendido a los últimos límites y, entre grandes aclamaciones de Nanine, de Prudence y de Marguerite, de cuando en cuando estallaban esas palabras que a ciertas gentes les hacen mucha gracia y que manchan siempre la boca que las dice. Gaston se divertía francamente; era un muchacho de gran corazón, pero tenía el espíritu un poco maleado por los hábitos primeros. Por un momento quise aturdirme, dejar que mi corazón y mi pensamiento permanecieran indiferentes al espectáculo que tenía ante los ojos y tomar parte en aquella alegría que parecía ser uno de los manjares de la cena; pero poco a poco me fui aislando de aquel ruido, mi vaso seguía lleno, y casi me puse triste viendo a aquella hermosa criatura de veinte años beber, hablar como un carretero y reír más cuanto más escandaloso era lo que se decía.
Sin embargo aquella alegría,, aquella forma de hablar y de beber, que en los otros comensales me parecían resultado del libertinaje, la fuerza o la costumbre, en Marguerite me parecían una necesidad de olvidar, una fiebre, una irritabilidad nerviosa. A cada copa de champán sus mejillas se teñían de un rojo febril, y una tos, ligera al comienzo de la cena, se había ido haciendo a la larga lo suficientemente fuerte para obligarla a echar la cabeza sobre el respaldo de la silla y a apretarse el pecho con las manos cada vez que tosía.