Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—¡Cómo!, ¿conciliarlo todo? Esto me parece difícil; usted no puede hacer que la sentencia se cumpla y al mismo tiempo que no se cumpla.

—No; pero puedo, hasta el último instante, dejarle creer que será ahorcado, y, llegado ese supremo momento, usted aparecerá y le salvará. ¿No es así, según nos contaba sir Guillermo el otro día, como ocurría el desenlace de las tragedias antiguas? Un dios o una diosa se presentaba, y el culpable era salvado. Estamos en el país que simboliza la antigüedad; tomemos su ejemplo.

Sentía cierta repugnancia en aceptar el papel que Nelson me señalaba en aquella comedia que prolongaba quince o más horas las congojas de un desgraciado; pero Nelson no quiso escuchar ninguna forma de transacción, y no hubo más remedio que esperar el perdón en la forma que lo proponía, o de lo contrario renunciar a él.

Al otro día, todo se ejecutó como Nelson quería. Por la mañana, los marineros y los soldados de marina formaron en el puente, trajeron al culpable y los tambores redoblaron; la cuerda fatal colgaba de la entena, el nudo corredizo se había pasado ya al cuello del condenado, cuando, de acuerdo con lo convenido de antemano, yo me presenté y pedí el perdón, que me fue otorgado.

El pobre diablo, que se había mostrado muy entero en presencia de la muerte, perdió su valor cuando se le concedió la vida, y se desvaneció.


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