Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Llegó el momento de la partida; la separación fue cruel y arrancó abundantes lágrimas. Las tres jóvenes Princesas se colgaron una tras otra a mi cuello, dando muestras de gran pesar.
La última noche la pasamos reunidos, recordando los días buenos y malos, y prometiéndonos no olvidarlos nunca.
Nos separamos, al fin, después de haberme hecho jurar la Reina volver a su lado si algún día la desgracia me perseguía. Sir Guillermo estaba doliente, cansado, quebrantado por los últimos acontecimientos; la Reina me dejaba traslucir que, una vez viuda y navegando Nelson, yo quedaría sola y abandonada. Esta eventualidad entraba en sus cálculos para hacerme cumplir mi promesa.
Lo que me llamaba imperiosamente a Inglaterra era sobre todo el estado en que me encontraba: estaba encinta.
Sir Guillermo no ignoraba mi intimidad con Nelson; pero, como nuestras relaciones conyugales habían sido casi siempre las de un hermano y una hermana, nunca había mostrado sentir ni por asomo la tortura de los celos. Solamente debía yo por delicadeza disimular mi estado y alumbrar en el silencio y la soledad. Estaba agradecida a sir Guillermo Hamilton por tener cerrados los ojos, y no podía permitir que la malevolencia se los abriese.