Historia de una cortesana
Historia de una cortesana El buque empleó diez dÃas solamente en el viaje de KiÅ“ge-Bay a Yarmouth; asà que, cuando menos le esperábamos, vimos a Nelson entre nosotros.
Grande fue mi alegrÃa; al amparo de nuestra estrecha amistad, podÃamos afortunadamente, hasta en presencia de sir Guillermo, decirnos una porción de cosas de que nuestro corazón estaba henchido. Quince minutos después de la llegada de Nelson, el prÃncipe de Castelcicala, embajador del rey de las Dos Sicilias, vino para comunicar unos despachos a sir Guillermo, que pasó al salón y nos dejó solos.
La primera palabra de Nelson fue para Horacia; sus preguntas se sucedÃan con tal rapidez, que me era difÃcil contestarlas.
Me fui al salón, y dije a sir Guillermo, al oÃdo, que, deseando Nelson ver a su ahijada, me suplicaba le acompañase a casa de la nodriza.
Mi marido me estrechó la mano, y moviendo la cabeza, me dijo:
—¡Amante y cariñoso padrino! Ve, hija mÃa.
Dejé a los dos diplomáticos discutiendo asuntos de Estado, en los que, a Dios gracias, habÃa dejado de mezclarme, y tomamos el coche para dirigirnos a Stone street.
En el camino, pedà a Nelson noticias del pájaro.
—¿De qué pájaro? —preguntó.