Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Yo te conozco, Nelson —repuse yo—, y es en vano que quieras desorientarme. Miras a las flotas unidas como seguro trofeo, y te considerarÃas el más desgraciado de los hombres si otro que no fueses tú las destruyese.
Nelson me miró con expresión interrogativa.
—Pues bien, amigo mÃo —continué diciendo—, destrúyelas, y corona asà una obra por ti comenzada bajo tan buenos auspicios; esa destrucción será la recompensa de dos años de desvelos y fatigas sobrellevados con admirable tesón.
Nelson continuaba mirándome; pero, aunque sus labios nada decÃan, su semblante reflejaba una indecible expresión de gratitud.
—Por grande que para mà sea el dolor de tu ausencia —prosegu×, ofrece, como otras veces has hecho, tus servicios a la patria, y sal en seguida para Cádiz. Estos servicios serán aceptados con gratitud y tu corazón recobrará la tranquilidad. Tú alcanzarás una última y gloriosa victoria, y volverás feliz de encontrar el reposo con la dignidad.
Nelson me miró en silencio durante unos segundos más; luego, los ojos arrasados en lágrimas, exclamó: