Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Arabela se puso a examinar, una tras otra, las diversas prendas de su traje. Todas eran del más refinado gusto, y estaban hábilmente cortadas y como para realzar los encantos del cuerpo a que se destinaban.

El traje era de terciopelo granate con botones de oro; la chaqueta, de seda blanca, y las botas, de finísimo cuero, llegaban hasta la rodilla, dibujando claramente la pierna y los contornos de un pie diminuto.

El examen de estos objetos, colmó, al parecer, los deseos de Arabela.

—¿Crees tú —me dijo—, que, con este atavío, voy a resultar tolerable?

—¡Estará usted encantadora! —contesté.

—¡Aduladora! —exclamó, despojándose de su peinador—. Veamos, ayúdame.

Sacó de un cajón una camisa de batista con pechera adornada de magnífico encaje inglés, y me la entregó para que la ayudase a ponérsela…

Arabela habría podido competir, sin ningún género de duda, en cuanto a belleza plástica, no con las estatuas de la antigüedad, pero sí con las de la Edad Media, quizás más seductoras que aquellas en ciertos detalles de forma y de actitud. No era la Venus de Praxíteles ni la Victoria de Fidias, pero era, a buen seguro, una de las Gracias de Germán Pilon.


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