Historia de una cortesana

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XII

Me encontraba visiblemente turbada, y con voz emocionada expliqué al almirante el objeto de nuestra visita, asegurándole que mi gratitud sería eterna, si me concedía la libertad del pobre Ricardo.

Sea que lo creyese realmente, sea que fuera su intención dirigirme una lisonja, el almirante me preguntó las razones que una persona de mi calidad podía tener para interesarse por un pillastre como aquel cuya liberación solicitaba.

Respondile, con una humildad no exenta de cierto orgullo, que yo no era persona de calidad, sino una humilde lugareña paisana de Ricardo.

Me cogió después la mano, y, después de haberla examinado, movió la cabeza con aire de duda.

—Estas manos —mi dijo riendo—, no son manos de campesina.

Insistí, diciéndole que se engañaba.

—En este caso —replicó, sacándose del dedo meñique un anillo de brillantes que colocó en uno de mis dedos correspondiente al grueso del suyo—, no hace falta más que esta sortija para hacer de ellas manos de duquesa.


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