Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Una cháchara jovial, parecida al rumor de una bandada de currucas, anunciome al fin la llegada de mis futuras compañeras. Mi madre, teniendo en cuenta la impaciencia que me devoraba, entró al punto con una vicedirectora que me traía el uniforme.
Componíase el ajuar de dos vestidos completos, exactamente iguales en la forma, y con la sola diferencia que el de los domingos era de un tejido más delicado y más vistoso dibujo. Las demás prendas, desde las medias a los escotes de camisa, se contaban por medias docenas.
Me resistía a creer que fuesen míos aquellos valiosos objetos depositados encima de mi cama.
Mi madre pidió su precio, y los pagó. Solo entonces los consideré de mi pertenencia. Algo más de cuatrocientos francos fue el importe satisfecho por concepto de estas compras.
Nunca había visto tanto dinero.
Empecé a vestirme.
Las medidas habían sido tomadas por un sastre muy experimentado, por lo que todo resultó irreprochable. A los diez minutos, estaba dispuesta.