Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Un trozo de espejo, lujo inusitado en el cuarto de mi madre, permitió que me viese. Lancé un grito de alegría. Me encontraba mucho más linda que en la fuente. Mi amplio sombrero de paja, adornado de flotantes cintas azules, me sentaba, sobre todo, a las mil maravillas; y muy a menudo, en el transcurso del tiempo, hasta en la época de mi apogeo, cuando me proponía explotar mi belleza, no elegía otro tocado que el de la pequeña pensionista de Hawarden.

De un salto salí de mi cuarto, y de otro salto me encontré en el matorral.

Todas las pensionistas estaban allí. Eran en número de sesenta, aproximadamente, de ocho a quince años.

Miráronme con más curiosidad que simpatía.

Una de las mayores dijo:

—No está del todo mal esta aldeanita.

Otra respondió:

—Sí, pero tiene trazas de torpe.

Sentí que el corazón se me oprimía. A mi entrada en la vida, era recibida por el desdén y el sarcasmo.

Permanecí de pie, muda, inmóvil, sintiendo que la afrenta enrojecía mi rostro.

—Pequeña —me dijo una tercera—, ve al cortijo, a decir que nos traigan los huevos y la leche.

Mi orgullo se sublevó.

—Dispense usted, señorita —le dije—, entiendo que no soy criada de ninguna de ustedes.


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