Historia de una cortesana

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Un vivo carmín tiñó mis mejillas, más de satisfacción que de vergüenza. Empero, aunque mi mano me pareció que resaltaba en belleza con el flamante adorno, intenté devolver al almirante la sortija que me ofrecía con galantería tanta; pero, reteniendo mi mano en la suya, me dijo que si persistía rehusando el obsequio, él, a su vez, se consideraría desligado de todo compromiso.

Miré a Amanda, que tenía fijos en mí sus ojos tan suplicantes, que no tuve valor para oponer más resistencia al deseo del almirante.

—¿Y mi pobre Ricardo? —preguntó Amanda.

—Oigan ustedes. No soy yo solo el que ha de resolver el caso; puedo proponer la licencia, pero debo presentarla a la aprobación del Almirantazgo.

—Sí —dije asiendo las manos de sir Juan Payne—; pero, solicitada por usted esa licencia, será acordada, ¿no es verdad?

—Así lo creo.

—Diga usted que está seguro de ello.

—Haré los posibles para complacerla —repuso el almirante, inclinándose cortésmente.

—¡Oh! si usted lo consigue, ¡cuánta gratitud le guardaré!

—¿Hay sinceridad en sus palabras? —me preguntó el almirante, clavando en mí sus ojos llenos, si no de amor, a lo menos de deseo.


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