Historia de una cortesana

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—Será usted libre de retirarse cuando le plazca; pero, como la respuesta puede hacerse esperar, tomarán ustedes una taza de té, y luego quedaremos todos en libertad.

Tocó un timbre, a cuyo vibrante sonido compareció un marinero.

—¡El té! —dijo el almirante.

A los pocos instantes volvió a presentarse el marinero con una fuente llena de pasteles, que colocó encima de una mesa.

—Vamos, hermosa postulante, haga usted los honores del té —me dijo el almirante.

Obedecí, un tanto embarazada, y le ofrecí una taza de té, haciéndole una ligera reverencia.

—¡Es usted, de veras, adorable! —me dijo sir Juan—; no habían exagerado.

Dirigí una mirada de reproche a Amanda. Lo que acababa de decir el almirante, era una prueba de que mi visita se esperaba.

—¿Le guarda usted rencor por haberme dicho que tenía por amiga el ser más bello de la tierra, y me le tiene a mí, si he deseado conocerla? Sería usted muy cruel, porque, si se hubiese resistido a venir, su amigo Ricardo no se habría librado de ser marinero, a lo que me parece que no siente vocación, al paso que yo no hubiera tenido ocasión de llamarme su servidor.


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