Historia de una cortesana
Historia de una cortesana No sabía qué responder a esta locuacidad un tanto irrespetuosa.
Me alargó su taza, para que echase en ella algunas gotas de licor, lo cual le permitió observar el temblor de mi mano.
—¡Rara conjunción!: virtud, delicadeza, pudor, además de hermosura y juventud —dijo entre dientes.
Le miré asombrada.
—¿Ha visto usted el Hamlet? —me preguntó.
—No —respondí.
—Pues bien; esto que acabo de decir, es lo que Hamlet dice a Ofelia, admirado de ver tanta gracia, y amor y honestidad en una mujer.
Yo sacudí la cabeza.
—Y —continuó diciendo sir Juan—, no creyendo Ofelia en el amor del príncipe dinamarqués, agrega:
Duda de la luz de las estrellas.
Y del sol que irradia en el espacio.
Duda también de la revelación divina.
¡Duda, en fin, de todo, pero no de mi amor!
—¿Y qué responde Ofelia?
Sir Juan se levantó.
—Hamlet —dijo—, no le da tiempo de responder; se va lleno el corazón de risueñas esperanzas.
—¿Nos deja usted? —le pregunté.