Historia de una cortesana

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—Después de las tres, no encontraría a los lores del Almirantazgo, y quiero, cuando menos, contraer el mérito de cumplir mi promesa, dándoles a ustedes hoy mismo la contestación en un sentido favorable, o desfavorable.

—¿Y nosotras? —preguntó Amanda.

—Ustedes —dijo sir Juan—, tendrán la bondad de esperarme en Picadilly, adonde las acompañará mi criado.

—¿Concederá usted, en el ínterin, veinticuatro horas de libertad al pobre Ricardo?

—Sí, toda vez que —repuso sir Juan riendo—, miss Emma da palabra de que el perillán no desertará, en cuyo caso miss Emma se haría solidaria con su persona.

—¿Lo oyes, Emma? —dijo Amanda.

Tendí la mano a sir Juan:

—Empeño mi palabra, milord —contesté.

—Ahora —añadió el almirante—, no ansío sino una cosa: que el truhán se escape al fin del mundo. ¿Vienen ustedes conmigo, y quieren que las conduzca a tierra?

—Habíamos venido a este barco tan solo por usted —respondí—, y, desde el momento que usted se va, no tenemos nada que hacer a bordo.

Sir Juan tocó el timbre, y se presentó el mismo marinero.


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