Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¡La canoa! —dijo el almirante.
—Está preparada, milord.
—Venga usted con nosotros, y acompañará a estas señoras a Picadilly. A las siete, la cena.
Quise hacer una observación relativa a lo de la cena para las siete; pero sir Juan no me dio tiempo, y, ofreciéndome el brazo, nos dirigimos a la escalera.
Todos los oficiales estaban formados en doble hilera, desde el camarote a la escalera del buque.
Bajé la cabeza; aquellas miradas pesaban en cierto modo sobre mi frente, obligándola a inclinarse hacia el suelo.
Me encontré en la canoa, sin saber cómo habÃa bajado. Oà la voz de sir Juan ordenando a Ricardo que nos siguiera, e inmediatamente la embarcación se separó del navÃo ligera como un pájaro.
El coche de sir Juan esperaba, y, estacionado a su lado, se encontraba nuestro humilde simón.
—¿Piensan ustedes regresar a Londres en este destartalado alquilón?
—¿Pero en cuál otro quiere usted que vayamos? —le respondÃ.
—Picadilly se encuentra en el camino de ustedes; las dejaré al paso.