Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Hizo un signo a su sirviente, que fue a pagar nuestro coche de alquiler; luego abrió él mismo la portezuela del suyo, y me invitó a subir la primera, mientras que Amanda cambiaba algunas palabras con Ricardo, para darle una cita en lugar donde le comunicaría el resultado de las tentativas de sir Juan.
Ricardo, menos altivo que nosotras, ocupó el simón, y se hizo conducir triunfalmente a Londres.
Sir Juan se colocó en el asiento delantero, cediéndonos los dos del fondo; el criado subió junto al cochero, y el vehículo arrancó, conduciéndome (¡extraña condición de mi destino!) sumergida en sueños que no eran los mismos de horas antes.
Tan profundamente sumida estaba en aquel ensueño, que apenas sentí que sir Juan se apoderaba de mi mano, que dejé abandonada entre las suyas.
A la hora y media, el coche se detuvo; habíamos llegado a Picadilly.
Abrieron la portezuela; sir Juan se apeó el primero para ofrecernos la mano. Estaba yo reconocida a caballero tan cumplido que nos dispensaba atenciones como si fuésemos duquesas; y por un movimiento ajeno a mi voluntad, le estreché la mano.
—¡Gracias! —dijo en voz baja.
Retiré la mano rápidamente.