Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Mirome con un cierto asombro; pero vio, en mi sonrisa, que no había nada de mortificante para él en el hecho de haber retirado mi mano.
Eran más de las tres; no había que perder un instante, si quería llegar a tiempo al Almirantazgo. Volvió a subir en su carruaje, y nosotras, guiadas por el sirviente, entramos en la casa.
Dicha casa, situada entre Londres y el apostadero de los buques de la flotilla a que pertenecía el Théseus, era un delicioso hotelito amueblado con la más refinada elegancia, y su único propietario o inquilino, era el aristócrata protector de Ricardo.
El lacayo nos acompañó a cada una de nosotras a un gabinete distinto.
Al entrar en el mío, me detuve, procurando recordar dónde había visto yo aquella estancia.
Era una visión, y nada más, porque nunca se habían encaminado mis pasos hacia aquel lado de Picadilly, y era, por consiguiente, la primera vez que visitaba el tal lugar.
Me encontraba en un elegante aposento, frente a un grande espejo encuadrado en dorado marco, y rodeado de ricos cortinajes de seda celeste y muebles de finísimas maderas. Mis pies se hundían en una mullida alfombra turca; el techo se adornaba con frescos que se habrían creído obra del pincel de Boucher o de Vatteau.