Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¿Qué me dará usted, miss Emma —me dijo—, si le traigo una buena noticia para su protegido?
—¿Qué puedo darle, milord —respondÃ, poniéndome en pie y tendiéndole ambas manos—, sino las gracias de un corazón lleno de gratitud por su bondad?
—Está bien —repuso—, acepto las gracias, por ahora; más tarde, arreglaremos cuentas definitivas.
—¿Ha conseguido usted su objeto, milord? —preguntó Amanda.
—Por lo menos, estoy en vÃas de conseguirlo. Hanme prometido la licencia de su hermano para esta noche. Si a ustedes les parece, la aguardaremos en la mesa. Considero que estarán muriéndose de inanición, pues a bordo apenas si han probado un poco de pastel y sorbido unas cuantas cucharadas de té. En cuanto a mÃ, declaro que la caminata que acabo de hacer, me predispone con el mejor apetito.
Iba yo a poner una objeción fundada en la necesidad que tenÃa de volver a mi casa, cuando el sirviente entró, anunciando que milord estaba servido.
Sir Juan Payne me cogió del brazo y me llevó al comedor.
El dÃa empezaba a declinar, y de la semioscuridad de la habitación, acentuada por el tupido cortinaje, nos trasladamos a una pieza radiante de luz que se reflejaba en el cristal de los vasos y en los bruñidos objetos del servicio de mesa.