Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Sir Juan se lo concedió de buen grado, elogiando este arranque de una buena hermana.
Comprendí que toda mi vida futura dependía de los cinco minutos que iban a transcurrir. Viendo que Amanda se ponía en pie, hice otro tanto. Sir Juan no hizo el menor movimiento para retenerme. Tenía yo que volver a mi cuarto para recoger la capa y el sombrero. Resuelta a librarme de la seducción, realicé un esfuerzo de voluntad, corriendo al gabinete, que encontré iluminado con una lámpara de alabastro.
Nada tan maravilloso como aquel salón, visto a la luz que lo inundaba, parecida a la luna de una hermosa noche de verano.
Quedé por un instante inmóvil, silenciosa, luchando con el deseo de permanecer allí y el deseo de irme con Amanda. Sentí la necesidad de un apoyo moral, y me llevé la mano al corazón, donde continuaba la carta de Harry.
Quiste, por fin, salir del gabinete; pero la puerta se había ocultado a mi vista en aquel desorden de tapices y cortinas. Todo parecía obedecer al poder de una magia que adquiría formas de realidad.
Retrocedí para llamar; pero sir Juan estaba allí, de pie, con los brazos extendidos hacia mí, y repitiendo en voz baja:
—¡Ingrata!