Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Apenas comprendà que podÃa disponer de aquel dinero como mÃo, lo separé en dos partes iguales: una para mi madre, otra para mÃ. Sin enterarla del punto de mi residencia, como tampoco de su procedencia, envié a mi madre la parte que le habÃa reservado.
Hoy, que se cierne sobre mà la amenaza de una vejez triste y desgraciada, constituye uno de mis consuelos el pensar que, a lo menos, nunca me olvidé del bienestar material de la humilde mujer a quien debo esta vida que para mà fue tan brillante y a la par tan amarga.
Por lo demás, yo habrÃa sido completamente feliz, a no haberme perseguido dos preocupaciones: una de ellas era lo que hubo de pensar mi desconocido Romeo, esperándome inútilmente al pie del balcón; la otra, lo que miss Arabela habrÃa dicho, a su regreso, al encontrarse con que habÃa desaparecido de su casa.
TenÃa, en efecto, un singular modo de apartarme de los que me habÃan querido o dispensado algún bien, lo cual debÃa producirles muy mal efecto.
Durante algunos dÃas, cierto sentimiento de rubor me tuvo encerrada en Picadilly. A los dos dÃas de aquella fatal noche, recibà la visita de Amanda y de Ricardo. La indumentaria de una y otro me dio a entender que también ellos habÃan participado de la liberalidad del comodoro.