Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Nuestra aparición fue saludada con una ruidosa salva de aplausos.

Era yo la que debía empezar; el estudio más profundo no habría comunicado a mis acentos más realidad de la que surgía del fondo de mi alma.

Cuando, al final de esta escena, Romeo se ausenta, enviándome su postrero adiós, el mío fue un grito tan doloroso, que en verdad se habría dicho que era el grito de un cuerpo que siente desprenderse el alma.

Difícilmente podría expresar el entusiasmo, el frenesí que provocó esta escena. Quedé, medio desmayada, en el balcón. Sir Juan vino en mi auxilio, me levantó entre sus brazos y llevó junto a sus amigos.

Sir Harry recibió también una parte de los agasajos del auditorio; pero, con la mayor sencillez declinó en mí toda la gloria del triunfo.

Sir Juan nos cogió de la mano, y dijo:

—Si Romeo y Julieta se hubiesen amado como ustedes, la muerte habría sido impotente para separarlos.

Yo le miré con sorpresa y retiré mi mano de la suya.

Después que tomamos el té, sir Juan consultó el reloj.

—Señores —dijo—, tengo necesidad de separarme de ustedes. El Almirantazgo celebra hoy sesión nocturna. Podemos aún estar juntos quince minutos más.

Dicho lo cual, me llamó aparte.


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