Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Súbitamente llegó a mis oídos el ladrar insinuante y festivo de Blak que, habiéndome reconocido de lejos, venía a mi encuentro velozmente, en ademán de saltar sobre mí, como así lo hizo. El pobre animal no se cuidaba de mi vestido, y se creía autorizado a continuar tratando a la futura pensionista de la señora Colmann cual solía tratar a la humilde conductora de carneros. Un ¡aparta, Blak! acompañado de un varapalo aplicado a sus irrespetuosas patas, que le arrancó un grito de dolor, fue la única recompensa que, en pago de su jovial y tierna demostración, obtuvo aquel amigo mío, sin duda el más fiel de cuantos he tenido y tendré.
Blak se alejó corrido y sacudiendo la cabeza, produciéndome la impresión de que sostenía un mental soliloquio.
El pastorcillo que me había sustituido, se puso en pie, al ver que me acercaba. Era evidente que no me reconocía. Cuando solo nos separaban unos cuantos pasos, dijo, levantando la voz:
—¡Ah, es usted, señorita Emma!… ¡Y cuán linda es usted!
Le sonreí. Era el primer cumplido exento de mácula, sincero, que se me dispensaba, y que acepté con agrado desmedido.
Luego se verá la influencia que aquellas breves palabras tuvieron en mi destino.