Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Buenos dÃas, Ricardo —le contesté—. Eres un excelente muchacho. También lo serÃas tú, si llevases un buen traje.
—¡Oh! —repuso—, yo no soy más que un sencillo campesino, y es casi seguro que nunca cambiaré el que llevo por otro mejor; pero, en cuanto a usted, cambia de aspecto la cosa, puesto que se ha averiguado que pertenece usted a la clase señoril.
AludÃa a los rumores que circulaban acerca de las presuntas relaciones de mi madre con el conde de Halifax, a raÃz de haberle enviado este la suma de cien libras esterlinas.
No le respondÃ, porque no comprendÃa bien el sentido de sus palabras. Pedile noticias de su hermana, jovencita de mi edad, poco más o menos, que servÃa en una granja vecina de la nuestra y que se llamaba Amanda Strong.
—¡Ah! —exclamó—, está buena, y se darÃa por muy contenta si la viese a usted tan elegante y con tanto lujo vestida.
—¿Eso crees? —le pregunté.
—¡Oh, sÃ! —respondió—. La quiere a usted de veras, señorita Emma, y el bien ajeno no provoca en ella ninguna envidia.