Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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A la sazón me encontraba yo cerca del manantial; me incliné para mirarme en sus aguas, pero no me atreví, no sé por qué, en presencia de Ricardo, dar a mi imagen el beso que acostumbraba cuando estaba a solas.

—¡Ah! —dijo sonriendo Ricardo—, mírese usted en nuestros arroyos… Algún día, señorita Emma, irá usted a la ciudad, y se mirará en grandes y dorados espejos, como los hay en los bazares de Hawarden. Cuando pase por enfrente de ellos, podrá usted detener su paso y contemplarse de cuerpo entero, sin necesidad de hacer el menor dispendio.

Me senté junto a la fuente, no intentando ya buscar en ella una imperfecta reproducción de mi imagen, pero, en cambio, soñando que me veía reflejada en un grande y hermoso espejo de dorado marco, en una lujosa sala, alhajada con ricos tapices y cortinajes de seda azul como mi vestido y amueblada con gusto y elegancia. Entorné los ojos para sustraerme a la visión de la realidad y concentrarme en mi deliquio.

¡Ay!, ¡cuántas veces no he sido, presa de esos delirios, proféticos deslumbramientos de lo porvenir!


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