Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Rowmney continuaba observando conmigo una conducta intachable; yo llenaba sus ambiciones en la doble esfera del amor y del arte, como amante y como modelo. Es cierto que sus trabajos más notables en pintura salieron de su pincel en la época de nuestra vida marital. Estaba él tan en boga a la sazón, que, a pesar de ser muy dilapidador, economizaba veinte o veinticinco libras esterlinas cada dÃa. Tratábase a lo prÃncipe: tenÃa a su servicio tres o cuatro criados, y disponÃa de cuatro caballos y dos coches.
RecibÃamos tres veces por semana; las otras tres noches, Ãbamos a paseo o al teatro.
Nuestras relaciones participaban de todos los encantos de la simpatÃa, sin verse jamás turbada por las borrascas del amor.
Cuatro dÃas después de la explicación que habÃa tenido con sir Carlos, recibà nuevamente su visita.
Recibile como si nada hubiese pasado entre los dos, por cuanto no me inspiraba ni repugnancia ni afección. Le habÃa planteado condiciones, sin desear que las aceptase; antes bien, para adoptar una actitud franca ante él, que no movida del deseo de llegar a llamarme lady Greenville.
Se me acercó varias veces y me habló en voz baja; pero, como quiera que se abstuvo de abordar la cuestión, no pudo arrancarme una sola palabra relacionada con el estado de su ánimo.
