Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Sin embargo, añadÃa, en postdata, que, si era de su agrado aceptar las proposiciones formuladas en anteriores ocasiones, no tenÃa más que emprender su marcha a Nápoles, dejando en Londres a aquella mujer indigna de él, en cuyo caso, no quedarÃa abandonada, por cuanto estaba dispuesto a atender a su subsistencia.
Debo declarar en honor de sir Carlos que esta carta, a la que ni siquiera contestó, le produjo más enfado que pesadumbre.
Pero los sentimientos generosos no modificaban mucho ni poco nuestra situación. Después de habernos privado de lo superfluo, nos vimos en el trance de tener que privarnos de lo necesario; habÃamos vendido todas nuestras joyas; debÃamos un año, o más, de inquilinato, y, desahuciados ya por falta de pago, estábamos amenazados de ser lazados a la calle, junto con nuestros hijos.
Nos encontrábamos en esa situación extrema en que hasta se llega a desear que sobrevenga una nueva desgracia, considerando que ninguna, por cruel que fuere, puede empeorar la situación presente.
Cuando menos lo pensábamos, supimos que sir Guillermo Hamilton se encontraba en Londres en su hotel de Fleet street, hacÃa ocho dÃas.
No habÃamos sido prevenidos de su llegada. Seguramente sir Guillermo habÃa empleado ese tiempo en hacer averiguaciones respecto a nosotros, lo cual equivalÃa a ser amenazados de una gran desgracia.