Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Apenas tuvo sir Carlos noticia de la presencia de su tÃo en Londres, tomó una resolución rápida.
—Mi querida Emma —me dijo—, exceptuando una separación, nada puede hacernos más desgraciados de lo que ahora somos; pues bien, nuestra suerte está en tus manos.
Yo le miré asombrada.
—Escucha —continuó—; conozco a mi tÃo; es un arqueólogo devoto de toda belleza plástica; se pasa la vida entre los más admirables mármoles de Grecia. Ahora bien: yo no sé de ninguna estatua, ni aun siendo del propio PraxÃteles, que te iguale en belleza. Preséntate a mi tÃo, arrójate a sus pies, aboga por nuestra causa, y podemos darla por ganada.
Miré a sir Carlos sin poder volver de mi asombro ante semejante proposición.
—¡Cómo! —repliqué—, siendo yo el blanco, el motivo de su enojo, ¿cómo quieres que me exponga a su cólera?
—Está enojado contigo, querida Emma, porque no comprende mi amor, y no lo comprende porque no te conoce. Pero, cuando te haya visto una vez sola, cuando oiga el acento irresistible de tu voz, cuando tus lágrimas hayan corrido suplicantes, lo comprenderá todo y perdonará.
Sacudà la cabeza. SentÃa una viva repugnancia en aventurarme en aquella tentativa.