Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —En este caso, no nos queda más remedio que resignarnos con nuestra suerte —dijo sir Carlos—, porque estoy convencido de que no obtendré nada de mi tÃo, que está esperando mi visita, apercibido contra mÃ, en tanto que tú…
—Oye —repuse—, no quisiera que te asaltase la idea de que, habiendo podido corresponder a tu cariño, he rehusado por considerar humillante el medio de hacerlo. Déjame tiempo hasta mañana, para prepararme a esa entrevista, y mañana iré.
—Harás lo que quieras, Emma —respondió sir Carlos—, pero creo que el tiempo vuela y que es imprudente el perder un solo minuto. De hoy a mañana, lord Hamilton puede anticiparse a nosotros, y conviene que sea lo contrario, que nos anticipemos nosotros a él. Ponte el vestido más sencillo; nunca estás más hermosa que ataviada con sencillez. Llégate a Fleet street (todo el mundo conoce el hotel Hamilton), entra resueltamente, habla con el corazón en la mano, en tu nombre, en el mÃo, en el de nuestros hijos: Dios hará lo demás.
Sir Carlos hablaba con tal convicción, que empecé a darme por vencida. Solicitando un plazo hasta el dÃa siguiente, habÃa hecho lo que hace el condenado que implora una dilación; habÃa probado a retardar el instante supremo, pero, formada ya una resolución, lo mismo daba llevarla a término acto continuo.