Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Cuento ya cincuenta y ocho años; tengo necesidad de cuidados, de amistad, ya que no de amor; necesito que se me ame como se ama a un anciano. ¿Cuánto tiempo puedo vivir aún? Seis, ocho años, quizás diez. Considere usted cuán velozmente transcurren diez años a su edad; pues, en el caso más desgraciado, dentro de diez años, esto es, a los treinta y cinco, en que la mujer aparece todavía en el apogeo de su vigor y de su belleza, se encuentra usted libre, rica y —permita usted que añada sin el más leve átomo de intención mortificante— purificada por su abnegación.
Vivo en Nápoles, una de las más hermosas ciudades del mundo, y todo me hace creer que viviré allí hasta el día de mi muerte; soy amigo del rey y de la reina; me muevo en el seno de una sociedad, en la que prontamente ocupará usted el sitio preeminente a que tiene usted derecho por su belleza, por sus talentos, en fin, por su condición superior; esa sociedad, la forman todas las aristocracias, desde la aristocracia de la sangre a la aristocracia del genio; y, por último, séame permitido decir que, esclava del pasado, aquí, será usted allí la reina del porvenir.
Ahora, queda impuesta de cuanto dejo dicho. Reflexione. Espero su respuesta con más impaciencia que si fuese un joven enamorado: espero con la impaciencia de un viejo egoísta.