Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Viudo y sin hijos, estoy solo en el mundo; mi sobrino, separado de mà desde su juventud, viene a ser un extraño para mÃ. Le quiero por el amor que yo profesaba a mi hermana, y no por el que me haya podido inspirar directamente; a su vez, y sin que él se dé cuenta, mi sobrino no siente por mà sino un afecto cuyo móvil es el cálculo de los beneficios que puedo proporcionarle.
Si usted se aviene a ser mi hija adoptiva, todos esos obstáculos que se oponen a una vida tranquila y dichosa para usted, en Inglaterra, desaparecerán por sà mismos, como desaparece la estela de un navÃo que pasa de un mar a otro mar. La llevo conmigo a Nápoles, donde nadie la conoce, donde nadie la ha visto, donde no se llama usted ni Emma Lyón, ni miss Hearte, donde no es usted ni la manceba de Payne, ni de Featherson, ni la compañera de Graham, ni la modelo de Rowmney; donde es usted, con el nombre que más le agrade, mi hija adoptiva, mi muy querida hija.
Nada digo de mi fortuna. Mi renta es de siete mil a ocho mil libras esterlinas, sin contar lo que me produce mi cargo de embajador, que no baja de cinco mil libras anuales. De esta fortuna, hago tres partes: una para usted, otra para mi sobrino y otra para sus hijos.