Historia de una cortesana
Historia de una cortesana El signor o la signora Veluti, como quiera entenderse, me dijo:
—No puedo hacer que sea usted más bella de lo que es; pero puedo hacer por usted lo que la sibila de Cumea olvidó de pedir a Apolo: puedo, por mi arte mágico, hacer que sea usted eternamente hermosa.
Y pronunciando algunas palabras que tenÃan la pretensión de ser cabalÃsticas, me hizo una reverencia y se alejó contoneándose y vocalizando con una nitidez y precisión que, ciertamente, no dejaban nada que desear.
Salà muda de asombro y volvà a mi palco, situado bastante cerca del escenario para poder ser reconocida del signor o la signora Veluti, que tuvo la amabilidad de hacerme blanco de sus miradas más penetrantes, y de dedicarme sus más difÃciles trinos.
Al dÃa siguiente recibà la visita del conde de Bristol, a quien expliqué los inauditos acontecimientos de la noche anterior. Se echó a reÃr y me dijo que en la alta prelacÃa de Roma existÃa un octavo pecado capital denominado pecado noble; los prelados lo prohibÃan, pero con tanta benignidad, con tan rara fatuidad, que, incurrir en él, antes bien parecÃa motivo de satisfacción que de censura.