Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Luego, dirigiéndose a mí, me suplicó le dijese la clase de opiata con que me frotaba los labios y la marca del dentrífico de que me servía. Le respondí que nunca me había servido, para mis dientes, más que de agua pura, y que, con respecto a los labios, eran naturalmente del color que veía.
El signor Veluti no creyó en la posibilidad de semejante milagro, cogió la bujía y me pidió permiso para mirar de cerca mis labios y mis dientes, examen a que accedí con el mejor agrado, y después del cual el signor Veluti manifestó que, a no dudar, era yo una de las más hermosas criaturas que en su vida había visto.
Y se acercó a su tocador, coqueteando con sus admiradores y dejando de vez en cuando escapar de su garganta algún gorgorito, que los concurrentes se apresuraban a aplaudir.
Todos, o casi todos los visitantes pertenecían a la alta prelacía, y era cosa digna de ver los empeños que ponían para obtener una mirada, una sonrisa, una palabra de la apócrifa Armida. Viendo todo aquello, creía estar soñando; y sonreía al ver tales demostraciones de respeto dadas por hombres que el pueblo consideraba venerables a aquel ídolo que sumaba una unidad más en el número de los falsos dioses reunido en el panteón de las herejías humanas.
El sonido de una campanilla anunció que iba a levantarse el telón.