Historia de una cortesana
Historia de una cortesana El cardenal Breschi-Onesti sacó de su dedo meñique un brillante valuado en unos mil escudos romanos, y lo colocó en el índice del signor Veluti, rogándole que aceptase aquella sortija en sustitución del ramillete. Teniendo —dijo—, el honor de acompañar al espectáculo al embajador y a la embajadora de Inglaterra, ignoraba si le iba a ser posible pasar a ofrecerle sus respetos; pero sir Guillermo Hamilton y su esposa habían manifestado deseos de ver de cerca al gran cantante, y él había aprovechado esta oportunidad para venir a expresar a su artista favorito la admiración que había producido en el primer acto de Armida. Esto dicho, el cardenal nos presentó al signor Veluti, que tuvo a bien dispensar a sir Guillermo Hamilton el honor de darle a besar su mano, y a mí el de invitarme a tomar asiento.
Sea que nuestra condición de extranjeros fuese una recomendación a sus ojos, sea que se sintiese halagado de recibir la visita del embajador de una potencia de primer orden, el signor Veluti se mostró muy deferente para con nosotros; dirigiome las más tiernas miradas, y nos dijo que, si lo permitíamos, se consideraría muy feliz en devolvernos la visita.
Fácil es comprender que no tuvimos inconveniente en aceptar tan señalada honra.