Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Hagamos justicia a Su Santidad, quien, ya en el trono de San Pedro, conservó tal gratitud al que le había allanado el camino, que su primer cuidado, una vez exaltado al solio pontificio, fue conceder al sobrino del cardenal muerto la misma dignidad que anteriormente había él recibido de Rezzonico por la protección de la hermosa Julia Falconieri. Nombró al joven Fabricio Ruffo gran tesorero, cargo que, he dicho ya en otro lugar, concede al que lo deja, derecho al capelo cardenalicio.
Monseñor Ruffo pasaba en Roma por hombre de muy claro entendimiento. Ferviente devoto del bello sexo, profesaba, al contrario, profundo desprecio hacia los cantantes del género de aquel signor Veluti de quien he hablado. A la sazón cortejaba con gran asiduidad a una signora Lepri, emparentada con Ana María, de quien también tengo hecha mención; y, como no se ocultaba, sus amores eran del público dominio, lo cual les valió el honor de hacerse populares en unos versos satíricos, cuyo autor, un periodista de Florencia, fue castigado con un prolongado arresto. Desde el famoso libelista condenado a galeras por Sixto V, no se había visto un ejemplo de rigor semejante. Como aludo a una anécdota muy conocida en Roma, pero ignorada fuera de la ciudad eterna, acaso sea conveniente abrir aquí un paréntesis, y narrarla a título de exposición de costumbres.