Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Mi querido lord, ¿sabe usted lo que por aquà se susurra?
—No, pero espero que Su Majestad querrá dispensarme el favor de decÃrmelo.
—Pues se dice que usted no está casado.
Sir Guillermo habÃa previsto el golpe. Sacó de su bolsillo el certificado del pastor protestante, y lo presentó al rey.
—Tome, sire, he aquà mi contestación.
El rey leyó el certificado, no sin algún embarazo.
—No le diré nada de nuevo si le digo que hay en Nápoles un gran espÃritu de maldad, ¿no es verdad?
»Pues bien, aunque hiciese usted fijar este certificado en todas las esquinas y yo ordenase, por medio de un edicto, dar crédito a su contenido, serÃan aún capaces de la duda, al paso que, si usted hubiese anunciado su boda a la corte de Inglaterra, si usted hubiese presentado a lady Hamilton al rey Jorge III, lo cual le habrÃa sido sumamente fácil, no habrÃa habido medio de rehusar… ¿Cómo no ha pensado usted en ello?
Sir Guillermo miró al rey con penetrante mirada; pero era imposible leer en su fisonomÃa, bonachona si las hay y que le hacÃa parecer el más inocente de los hombres, a él, que era el rey astuto por excelencia.