Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Está bien, sire —respondió sir Guillermo—. Su Majestad me dará licencia por un mes, ¿no es as�
—SÃ, muy a mi pesar, porque quisiera no separarme un solo dÃa de tan excelente compañero; pero, en vista de su solicitud, y sobre todo por tratarse de una cosa tan grave como la de hacer reconocer su matrimonio, bien comprenderá usted que no sabrÃa negarle lo que pide.
—AsÃ, pues, no tengo más que escribir a Londres para que mi llegada no cause sorpresa…
—Hasta puedo evitarle esta dilación.
—Su Majestad me proporcionará un servicio.
—Las cartas que recibo de mis cuñados el emperador de Austria y el rey de Francia, pueden ser consideradas bastante importantes para ser comunicadas sin retardo a Mr. Pitt… Digo a Pitt, porque entre ustedes sucede poco más o menos lo que aquÃ: el rey nada es, y el primer ministro es todo. Si no fuese asÃ, hubiese dicho: al rey Jorge III. Pues bien, voy a confiarle los mismos originales de esas cartas, con otra autógrafa para mi hermano el rey de la Gran Bretaña. Y al mismo tiempo que llene la misión que le confÃo cerca de él, despache usted sus asuntos en la forma que mejor le parezca.