Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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El rubor enrojeció mi rostro, pero mi corazón palpitaba de alegría. Ya no era un simple pastorcillo el que me llamaba linda; ya no eran adustas pensionistas que, sin dejar de tenerme por zafia y desmañada, me tenían por hermosa: era un caballero y una señora de la ciudad que me admiraban sinceramente y sin restricción.

Me acerqué maquinalmente.

El pintor me tendió la mano; yo le alargué la mía.

—¡Qué mano! —exclamó—. No hay que admirar en ella su belleza actual, sino su futura belleza. Observe usted, Arabela.

—¡Oh! La miro con tanto agrado como usted, Rowmney. A Dios gracias, no soy celosa. ¿Me permite usted que le pregunte su nombre, señorita?

—Señora, me llamo Emma —respondí.

—¿Y su edad? —preguntó el pintor.

—Debo de tener unos catorce años, señor.

—¡Cómo! ¿No lo sabe usted de cierto?

—Mi madre no me ha revelado nunca mi edad de un modo preciso.

—Será hija de alguna duquesa —dijo Rowmney.

—No, señor —observé yo—; soy hija de una simple campesina.

—¿Son hermanos suyos estos dos niños? —preguntó la señora.


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