Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —No, señora; estoy en casa de su padre para cuidar de ellos y enseñarlos a leer y escribir.
—¡Qué triunfos no alcanzarÃa en Londres esta joven, con semejante palmito! —dijo la señora inclinándose hacia el pintor y hablando a media voz.
—¡No vaya usted a perderla, espÃritu tentador!
—Miss Emma —me dijo el pintor—, ¿quisiera usted dispensarme un señalado servicio?
—Con la mayor satisfacción —contesté—. ¿Cuál?
—¿Quiere usted permanecer cinco minutos en actitud que me permita trazar un diseño de su persona?
—Con mucho gusto, señor.
—En este caso, continúe usted en la posición de ahora.
ObedecÃ. El artista dio media vuelta en el taburete, y en menos de diez minutos hubo terminado un encantador esbozo mÃo a la acuarela.
Yo seguÃa con mirada ávida los trazos que el pincel imprimÃa en el pergamino.
Cuando el diseño estuvo terminado, el pintor me lo mostró.
—¿Lo reconoce usted? —preguntome.
—¡Oh! —le dije, enrojeciendo de gozo—, no soy tan bella como represento aquÃ.