Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—¡Mil veces más! Pero comprenda usted, Arabela, que este cutis diáfano y esta nítida mirada y estos cabellos artísticos, ondulantes, reclaman un trabajo al óleo… Cuando esté usted cansada de la vida provinciana, véngase a Londres, señorita, y yo le daré, por cada sesión de una hora que usted quiera concederme, lo que gana en un año como institutriz de estos dos niños.

—¡Rowmney! Llámeme usted ahora espíritu tentador.

—Arabela, no me opongo a que, por su parte, haga usted sus proposiciones.

—Y yo, si usted viene a Londres, y se conforma con el modesto cargo de señorita de compañía retribuido con diez libras mensuales, tendré en toda ocasión sumo placer en recibirla… Deme usted papel y lápiz, Rowmney.

—¿Qué quiere usted?

—Dar mi dirección a esta niña encantadora.

—¿Con qué objeto? —murmuró. Rowmney encogiéndose de hombros.

—¡Vaya usted a saber! —repuso Arabela.

—¿Y se atreverá usted, Arabela, a tener en su casa una belleza semejante?

—¿Por qué no? —respondió la señora con aire de desafío—. Yo soy mujer que busco las comparaciones en vez de evitarlas.


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