Historia de una cortesana

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Luego, volviéndose hacia mí:

—De cualquier modo —dijo—, he aquí mi dirección, señorita.

Y me entregó un papel, en el que aparecían escritas estas palabras: Miss Arabela, Oxford street, 23.

Lo acepté ignorando el destino que iba a darle, sin propósito de servirme de la dirección en él contenida; lo cogí como Eva hubo de coger la manzana, acaso sin intención de comerla.

—Vámonos, Rowmney —dijo la joven empujándole hacia la barca—; dentro de una hora debemos estar en Park Gate, donde somos esperados, y hay que atravesar todo el estrecho.

El pintor se puso en pie, arrojó un luis a los pies de la campesina que le había servido de modelo, y al pasar junto a mí, me dijo, saludándome al propio tiempo con un movimiento de mano:

—Venga usted a Londres, señorita, y será una dicha; no vaya, y quizá sea mejor. Entretanto, ¡adiós… o hasta más ver!

—¡Hasta más ver! —exclamó Arabela, entrando en la pequeña embarcación.

Y la frágil navecilla se alejó velozmente bajo el vigoroso esfuerzo de los cuatro remeros.

Emprendí cabizbaja con los niños el camino de regreso.


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