Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¡Señor Rèveillon, señor Rèveillon! —dijo de Launay—. ¡Cuidado! Paréceme que habla usted muy a la ligera del gobierno de Su Majestad, y podrÃa muy bien suceder que se quedase usted en la Bastilla.
—¡Oh! —dijo Rèveillon, que se exasperaba a la vista de sus muebles destrozados—, estoy bien tranquilo; la Bastilla no se construyó para hombres como yo, sino para los grandes; y véase, usted mismo, por ejemplo, si quisiese…
Se detuvo, indeciso.
—¿Qué? —preguntó riendo el gobernador.
—No tendrÃa más que pronunciar una palabra, y me salvarÃa usted; de lo contrario, mañana seré reducido a la miseria.
—¿Y qué palabra es esa?
—No tendrÃa usted más que decir ¡fuego!, y uno de estos cañones harÃa muy pronto limpieza.
—Me parece —dijo sir Guillermo al gobernador— que este desgraciado no anda descaminado.
—Ciertamente —repuso M. de Launay—, tiene mucha razón; pero, yo tengo el mando de un castillo real, y no puedo hacer funcionar un cañón sin orden del Rey.