Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—¡Cáspita! —dijo M. de Launay, tocando suavemente el hombro de sir Guillermo—; no solamente puedo mostrarles el saqueo del almacén de Rèveillon, sino también al mismo Rèveillon.

—¿Cómo es ello?

—Olvidaba decirles que ayer por la mañana, comprendiendo el grave peligro que corría, vino a pedirme hospitalidad, que le concedí. ¿Ven ustedes a ese hombrecillo de crespos cabellos, que está gesticulando y que tanto interés demuestra en lo que ocurre, que parece que va a arrojarse de las torres abajo de las murallas?

—¿Es él?

—El mismo.

Y, para que no lo dudásemos:

—¡Eh! señor Rèveillon —dijo—, ¿qué opina usted de lo que sucede por allá?

Rèveillon se estremeció.

—Opino, señor gobernador —respondió el cuitado—, que si la Corte no tuviese necesidad de un motín para ganar tiempo con respecto a los Estados generales, habría fácil y prontamente dado buena cuenta de esas turbas de pillastres. ¿No es una irrisión? ¡Los asaltantes de mi casa son en número de dos mil, y para contenerlos, M. de Bezenval opone treinta hombres! Y eso sin contar que el espectáculo divierte a cien mil espectadores, que excitan a los otros a proseguir su obra.


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