Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—¡Cómo!, ¿aquí es donde M. de Condé cultivaba sus claveles? Si sobra uno, ¿me lo dará usted, señor gobernador?

—También en eso estás engañada —replicó sir Guillermo—: el que se había metido a jardinero, era Luis II, el gran Condé, y ese estuvo asimismo en Vincennes, salvo que no se admita que haber estado encerrado en la Bastilla equivale a haber nacido en ella.

—¡Enhorabuena! —exclamó M. de Launay—, he aquí un sabio inglés que es capaz de enseñarme la historia de mi fortaleza… ¡Ea!, ¡un brindis por la torre de Londres! y que ello libre siempre a los reyes de Inglaterra de sus enemigos, como la Bastilla libra al rey de Francia de los suyos. Puedo asegurar a Su Señoría que el duque de Clarence nunca se ha ahogado en un vino mejor que el que está usted bebiendo ahora.

Acabábamos de apurar nuestros vasos para hacer válidas las palabras de M. de Launay, cuando se nos anunció que si queríamos ver el motín en toda su magnitud, no debíamos perder un momento.

M. de Launay quería retenernos a la mesa, diciéndonos que nos quedaba tiempo para todo; pero la curiosidad nos obligó a insistir, y subimos a la torre más inmediata al arrabal de San Antonio.

En efecto, desde aquella altura no podía ocultársenos ningún detalle, y vimos la espantosa escena en toda su repugnante desnudez.


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