Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Viendo desde un principio la profusión de platos y lo exquisito de los vinos, acusamos a M. de Launay haber faltado a su palabra, por no servirnos la comida ordinaria de los prisioneros.
A lo cual replicó:
—Milady, usted me impuso condiciones, pero dentro de esas condiciones me dejó usted toda mi libertad de acción. Tenemos en la Bastilla prisioneros y prisioneros, desde los príncipes de la sangre a los libelistas. Ahora bien: para la manutención de un príncipe de la sangre, hay asignadas cincuenta libras diarias; para la de un mariscal de Francia, treinta y seis libras; para la de los generales y brigadieres, veinticuatro; quince para la de un consejero; diez para la de un juez ordinario; seis para la de un eclesiástico, y, finalmente, para la de un libelista, un escudo.
—¿Y qué? —le pregunté, no alcanzando a comprender a qué fin iba encaminada esta larga enumeración.
—Pues, que trato a ustedes como a príncipes de la sangre —respondió—. Tienen ustedes un almuerzo principesco; a eso se reduce todo.
—¿El almuerzo de M. de Beaufort? —pregunté.
—Te engañas, querida —me dijo sir Guillermo—. M. de Beaufort ha sido encerrado, pero no en la Bastilla, sino en Vincennes; el que lo ha sido en la Bastilla es M. de Condé.