Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Agradecí a sir Guillermo Hamilton la agradable noche que me había proporcionado. El arte, al fin y al cabo, me parecía el elemento a que estaba yo destinada, y si, siguiendo mi vocación, hubiese podido entrar en un teatro, habría, fuera de toda duda, conquistado una reputación igual a la de mademoiselle Champmeslé o de mistress Siddons.
A la mañana del siguiente día llamé a dos costureras, a quienes encargué dos vestidos, uno de Ofelia y otro de Julieta, con expresa condición de que por la noche, a las ocho, estuviesen confeccionados. Ambas costureras me dieron palabra de que sería complacida en mis deseos.
A las nueve y media, sir Guillermo y yo nos dirigimos en coche a la Bastilla; pero, cuando llegamos al bulevar del Temple, el gentío era tan grande, que no pudimos avanzar. Tomamos por la calle del Temple y volvimos por el Arsenal. De ese lado, el camino estaba libre, por haberse concentrado el movimiento popular en el arrabal de San Antonio.
M. de Launay nos esperaba, y la mesa estaba preparada con mucho lujo. Nos invitó a almorzar sin perder tiempo, puesto que, según todas las probabilidades, el motín llegaría a su apogeo a eso del mediodía.