Historia de una cortesana

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El poeta Chènier y el pintor David fueron más lejos; sostenían que la revuelta había sido fomentada por las propias autoridades. Se esperaba que la multitud famélica, que los cincuenta mil obreros sin trabajo harían causa común con los revoltosos y se precipitarían al saqueo de las casas de los ricos. Entonces, todo cambiaría de cariz; la Corte tenía un excelente motivo para concentrar un ejército sobre París y sobre Versalles, un admirable pretexto para aplazar los Estados; pero, contra todo cálculo, las masas se habían abstenido de tomar parte en el motín.

Hablaban con tanta convicción y el auditorio se mostraba tan inclinado a participar de su opinión, que yo no sabía qué pensar de todo ello. En cuanto a sir Guillermo, su reserva diplomática no le permitía ser abiertamente de ese parecer; pero noté que la dejaba traslucir sin combatirla con palabras ambiguas.

Mas, como la reunión no tenía un fin político, poco a poco se abandonó aquella conversación para pasar a la poesía y a la literatura. M. Talma era, conforme se nos había informado, un hombre de espíritu superior, y, en tanto que se preparaba para interpretar el Hamlet de Ducis, se lamentaba de haberse sacrificado tantas veces en aras del gusto francés.


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