Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Calculé que era llegado el momento de inclinar la balanza del lado de Shakespeare, y, sin decir palabra, me retiré a mi habitación. Cinco minutos me bastaron para vestirme de Ofelia; y la discusión, alimentada por sir Guillermo, que había adivinado mi intención, duraba todavía cuando, de repente, se abrió la puerta y de entre la oscuridad, hábilmente producida en la pieza inmediata, aparecí pálida y fija la mirada, como el espectro de Ofelia.
Un grito unánime resonó en el salón, y todos retrocedieron instintivamente para hacerme paso.
La locura de Ofelia y las escenas de Julieta constituían mi triunfo, según pude comprobarlo siempre que, en Londres, las había representado. En Francia, tenía a la vez una ventaja y un contra: la cosa era completamente nueva, y, por lo tanto, debía producir un efecto más hondo; pero, por otra parte, como muy pocas personas entendían el inglés, era preciso que con la fisonomía se lograse traducir la intención del poeta.
Afortunadamente, la espléndida escena de la locura de Ofelia no tenía necesidad de explicación; casi a cada verso me interrumpían los aplausos, los cuales, lejos de aumentar el efecto, lo aminoraban forzosamente.
El mismo Talma, adelantándose a mis deseos, suplicó que, cuando menos, me dejasen llenar, sin interrumpirme, los diferentes períodos que presenta la escena.