Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Le di gracias con un movimiento de cabeza, y, sin interrumpirme ni ser interrumpida, continué hasta el final de la primera escena.
Entonces estalló una verdadera tempestad de aplausos. Talma, pidiéndome que le disculpase la familiaridad, se adelantó hacia mí, diciendo que yo no era la embajadora de Inglaterra, sino mistress Siddons que viajaba de incógnito.
Y me besó la mano.
Quiero, de paso, hacer una manifestación: jamás ningún gran señor, príncipe o rey, al besarme la mano, me otorgó tanto honor como en aquel momento me proporcionó Talma.
Y sir Guillermo, artista como era, lo comprendió bien, porque, a su vez, cogió la mano de Talma y la estrechó con una efusión que participaba de gratitud.
Me retiré del salón entre aclamaciones y voces que me llamaban. Creíase que la escena había terminado; pero Talma advirtió que faltaba aún la segunda mitad, que era la más pintoresca y la más dramática.
No quise dejar enfriar el entusiasmo de mis admiradores, y reaparecí al poco rato, sueltos los cabellos, coronada de amapolas y el velo cubierto de flores silvestres.