Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Ya en otra ocasión he hablado del efecto que producía en ese papel, y séame permitido que lo repita. Lo único que no me ha dejado remordimientos, son los triunfos, ese lado puro de mi vida, esa llama artística que me coronaba con su aureola.
¿Por qué Dios no permitió que yo viviese en el mundo de la inteligencia en vez de vivir en el mundo de las grandezas?
Inútil es decir que mi éxito, en la segunda parte, superó al de la primera. La cosa acabó con una verdadera disputa que Talma promovió al pobre Ducis por haber desfigurado el Hamlet de Shakespeare, al punto de no haberse atrevido a introducir las dos escenas que yo acababa de representar. Ducis parecía amoldarse al pensamiento de Talma; pero me pareció que prefería dejar su Hamlet tal como estaba en vez de rehacerlo. Lo mismo que el abate Vertot, había tomado su partido.
—¡Bien se lo tengo dicho! ¡Bien se lo tengo dicho! —repetía Talma—. ¡Con su afán rabioso de arreglarlo todo! Así me ha echado usted a perder mi monólogo y el famoso To be or not to be. ¿Quiere usted saber cómo era en inglés? Mire y escuche.